Los ácidos grasos constituyen una fuente de energía significativa para deportistas de resistencia. Sin embargo, las grasas desempeñan funciones específicas condicionadas por sus características fisicoquímicas y biológicas.

Durante una competición, la tensión a la que se hallan sometidos los músculos, tendones, y articulaciones originan pequeñas lesiones o microdesgarros que desencadenan reacciones inflamatorias que pueden afectar el rendimiento deportivo.

Como resultado de esta actividad metabólica intensa, se generan radicales libres, que favorecen la oxidación de una gran variedad de moléculas y provocan la degeneración de distintas estructuras celulares. Estos resultados, pueden limitar la eficiencia y la capacidad funcional del sistema neuromuscular.

omega-3

Efecto de los ácidos grasos omega-6 y omega-3 durante el ejercicio

Las reacciones inflamatorias y degenerativas, relacionadas con el esfuerzo físico, son potenciadas y amplificadas por efecto de un tipo de ácidos grasos que se conocen como la familia de los ácidos grasos omega-6, que son muy abundantes en la dieta occidental. Este tipo de ácidos grasos muestra un comportamiento protrombótico, vasoconstrictor y proinflamatorio por lo que potencian y empeoran la situación que se genera por el esfuerzo físico.

En cambio, los ácidos grasos de la familia omega-3 se comportan como anti-inflamatorios, anti-trombóticos, vasodilatadores, protectores de la función cardiaca, aumentan la fluidez de la sangre y pueden favorecer el transporte de oxígeno. También, mejoran la dinámica de los sistemas implicados en la actividad metabólica y funcional al originar la constitución de membranas celulares más fluidas y flexibles.

Recomendaciones dietéticas

Tanto los ácidos grasos omega-6 como los omega-3 deben ser aportados del exterior con la dieta, dado que nuestro organismo es incapaz de fabricarlos. Por este hecho son considerados esenciales o indispensables para la salud. La dieta occidental es excesivamente rica en ácidos grasos del tipo omega-6, presentes en gran abundancia en las semillas de girasol, de maíz, etc. y en sus productos derivados como el aceite de girasol, de maíz, la carne de animales alimentados con este tipo de productos, etc. En cambio, la presencia de los ácidos grasos del tipo omega-3 en la dieta de la mayor parte de la población es muy inferior debido a la menor disponibilidad de los alimentos que los contienen como pescados grasos, plantas de hojas verdes, algunos tipos de algas, etc.

El exceso de ácidos grasos de tipo omega-6 en la dieta impide que los sistemas enzimáticos que controlan la conversión de los ácidos grasos de tipo omega-3 en otros derivados ideales para su acción fisiológica no puedan actuar con la eficacia necesaria, lo que comporta una reducción notable en su aprovechamiento corporal.

Numerosos investigaciones sugieren un cambio en nuestros hábitos alimentarios de tal manera que dé una relación entre omega-6 y omega-3 de 20 a 1, presente en la dieta de una gran parte de los individuos del mundo occidental, se cambie a una relación 2-4/1, reduciendo la ingesta de aceites ricos en ácidos grasos de tipo omega-6 e incrementando el consumo de ácidos grasos del tipo omega-3, particularmente abundantes en el pescado graso, como la sardina, el boquerón, la caballa, el salmón, etc. También, se puede recurrir a complementar la ingesta dietética tomando preparados que contienen aceite de pescado, aceite de krill, o recuperadores musculares con omega-3.